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Mails y más mails inundan mi correo electrónico, con preguntas que no puedo responder, del tipo: Cómo saber si le gusta a mi chico lo que le hago, qué le puede estar pasando a mi pareja, cómo darle el máximo placer sin llegar a preguntarle directamente, etc.

Pese a ser preguntas cuya respuesta no está en mi mano, suelo liarme la manta a la cabeza y respondo, repreguntando: ¿Has hablado con tu pareja? ¿Le has preguntado qué siente, qué necesita, qué le gustaría cambiar, si hay algo que le molesta? En suma: ¿Le has comentado tus preocupaciones?

La gran mayoría de las veces, tengo un “NO” por respuesta: no he preguntado. Pudor, miedo a decepcionar a la pareja o la incertidumbre de cómo reaccionará ante preguntas tan íntimas, nos hace retraernos en algo tan vital, imprescindible y necesario como es comunicarse. Sin una buena comunicación no puede haber una buena relación.

Todos queremos ser grandes amantes, satisfacer a tope a la otra persona, alcanzar la máxima conexión… Pero ¿cómo pretendemos lograrlo, si no hablamos?

De nada sirve que practiques las felaciones más fabulosas del planeta, si resulta que a tu pareja es una práctica que no le acaba de gustar. ¿Has preguntado? o, siquiera: ¿has “notado” algo? Casi con toda seguridad, su actitud lo dice todo. ¿Por qué no ahondas en ello y lo abordas?

¿Por qué te empeñas en conseguir que tu chica tenga un orgasmo a toda costa con una determinada postura, si esa postura no favorece el roce con su clítoris y ella no lo logra de esa manera? ¿Por qué no preguntas qué prefiere? E, igualmente, ¿por qué ella no se atreve a decirlo?

Si trabajamos la atención plena que requiere un encuentro sexual, te darás cuenta de que lo que no se habla es más que evidente y, si escuchas, hasta los silencios hablan a gritos. Sí, eso que percibes, conviene hablarlo. Abrirse.

Está claro que al principio puede costar, que puede dar mucha vergüenza, pero también es cierto que superado ese primer lance, puedes entrar en un plano superior de la relación, que consiste en abrir las compuertas y darte al/a otro/a con autenticidad. Esa es la clave. Intercambiar información.

Dí lo que quieres, lo que no te gusta, lo que deseas cambiar, lo que te gustaría probar. Habla con amor y respeto y marca con pinceladas de humor todo aquello que parezca demasiado serio. La sexualidad no ha de ser seria, todo lo contrario. Tendemos a dramatizar demasiado todo lo relacionado con nuestro sexo.

El hecho es que, nos desnudamos frente a otra persona, practicamos el acto más íntimo y sagrado que se puede practicar y, de una forma extraña, nos bloquea el simple acto de hablar sobre ello. 

Si tu pareja cocina un plato que no te acaba de convencer una y otra vez, los mismos ingredientes, la misma forma de hacerlo… ¿Concibes no decirle que el queso no te gusta? ¿No le echas sal a un guiso soso? ¿Comes algo que detestas, repetidamente, sin rechistar? Casi seguro que no.

Sin embargo, cuando se trata de sexo, tenemos la pasmosa facilidad de esconder nuestros sentimientos y preferencias sin pestañear, cometiendo con ello un gran error.

Ábrete y expresa. Y acepta lo malo y lo bueno que de ahí puedas sacar. Siempre vas a crecer, siempre vas a aprender. Quizá no escuches lo que quieres oír de entrada, pero es mucho más interesante mejorar tras un chasco, que instalarse en la mediocridad de la ignorancia.

Habla con tu pareja.

Hay muchos matices, muchas formas de hacer, muchas maneras de abordar una misma práctica. Mi filólogo favorito dice que “sobre gustos hay muuuucho escrito”, y es cierto. Cada persona siente y vive las cosas de manera diferente. Muchas maneras de vivir la sexualidad o de querer vivirla. Enseña a tu pareja, guía sus pasos, pregunta sus necesidades. Es el camino para alcanzar un punto delicioso de intimidad.

Del pudor del principio al desmelene maravilloso de poder contarle a tu pareja lo que quieras, con humor y un puntito picante… ¿No merece la pena? 😜

 

 

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