El Domingo pasado, con unos graditos de fiebre y cleenex a mogollón, hice mi ponencia en el I congreso de relaciones de pareja que se celebró en Madrid, y del que ya hablé en el anterior post. Sentí no poder quedarme a escuchar ponencias que me interesaban muchísimo -había profesionales de primer orden- y no poder quedarme a charlar con toda la gente que estuvo encantadora y atentísima a mi charla.

Me tocó hablar de sexualidad (qué rarooooo…), aunque también hablamos mucho de cómo relacionarse con la pareja al margen del sexo, que es vital para encauzar correctamente todo lo demás. Construir bien los mimbres del vínculo que creas con tu pareja es mucho más importante que la sexualidad en si porque si esos mimbres son fuertes, el resto es mucho más sencillo.

El resto es la sexualidad, sí, pero también otras muchas cosas. Y digo que es más sencillo en el sentido de que la relación sexual fluirá mejor, los posibles problemas se solventarán con más facilidad, se hablará más, se reirá más, se tendrá más paciencia… Habrá más de todo. Pero más de lo positivo, claro está. Con sus altos y bajos, como es natural en toda relación, pero siempre remando a favor.

De eso se habló en la charla. De esos ingredientes que son fundamentales para no dejar la relación de lado, para implicarse, entender lo que significa un compromiso, una lealtad hacia lo que compartes con tu pareja, etc.

Sin amor hay vacío. Y una relación de pareja necesita mucho amor. Parece de perogrullo. Da igual cómo queramos entender ese amor: amor romántico, amor libre, amor al arte, dedicación… Qué más da. El caso es vibrar en la misma onda que la pareja y respetar a tope lo que tenéis entre manos. Y el respeto al otro no sólo consiste en cumplir el decálogo de las buenas maneras y no levantarse la voz (que por supuesto), o decir palabras más o menos hirientes con exquisitos gestos y educación, sino que va mucho más allá.

También es  respeto cumplir los pactos no escritos que rigen en la relación, escuchar al otro y tenerle en cuenta, tomarse la molestia de conocer a la otra persona y tratar de ofrecerle lo que necesita para ser feliz, o tener la generosidad de espíritu suficiente como para hacerle sentir importante ante tus ojos. Todo esto también es respeto.

Si miras con amor, serás mirado con amor. Sin embargo, si sólo te miras el ombligo, acabarás arruinando tu relación. Suele ser matemático. Si no se nutre la relación, ésta muere de inanición. 

Bien es cierto que hay relaciones que se alargan y alargan en el tiempo, incluso estando muertas, pero eso es otra historia. Quizá una buena terapia les ayudaría  a descubrir que sería bueno separar los caminos. Aunque lo ideal sería no tener que llegar hasta ese punto.

Muchas parejas no saben identificar qué les está pasando, por qué han dejado de alimentarse mutuamente. Normalmente, si indagas en su historia y trabajas con ellos, se pueden descubrir cosas muy interesantes, como que las parejas que tienen buenos cimientos y su relación se ha construido sobre amor, pueden llegar a superar sus baches, a aceptar al otro y a si mismo como partes de un proyecto común, con sus cosas buenas y malas. Pueden ser capaces de escuchar, de mirarse, de entender… Son capaces incluso de perdonar cosas que parecen impensables en los momentos de gran tensión y desencuentro. La capacidad de perdón del ser humano es increíble. En suma, son capaces de resetear. Con trabajo y cariño lo pueden lograr.

Ahora bien, las parejas que se cimentaron sobre ilusiones de amor, sobre egos volubles, sobre modas, parejas que no se contentan, que siguen buscando, que tienen dudas, que se cansan… Pues se mueven sobre arenas movedizas y el castillo de naipes tiende a desmoronarse.

Por eso es necesario currarse la relación. Paciencia, amor, escucha…

De eso hablábamos en el congreso. De cómo, de cómo, ¡de cómo!!! Se puede lograr. Y no es fácil. Pero es posible. Y hay muuuuchos  ejemplos.

Hay una secuencia de una peli deliciosa que me viene a la mente según escribo: Descalzos por el parque, con Robert Redford y Jane Fonda de protagonistas. Ella es una loca pizpireta, a la que le encanta la juerga y el juego y él es un tipo serio, con la cabeza sobre los hombros, más bien apocado. Se acaban de casar y tras una pelea absurda, ella le pide el divorcio en un arrebato. En una conversación con su madre, queriendo recuperar a su marido, le pregunta:

¿Qué debo hacer, madre?

Es francamente sencillo –responde la madre– Todo lo que tienes que hacer es olvidarte un poco de ti, para ocuparte de él. No lo tomes todo a juego… sólo cuando sea la ocasión y entre vosotros dos. Cuídate de él, haz que se sienta importante. Si lo consigues, tu matrimonio será feliz y maravilloso. 

Y sí, es una peli. Un poco antigua, sí (año 67). Y se refiere de ella hacia él, pero ¿Podemos traerlo al tiempo que vivimos, quitarle los géneros y llevarlo a nuestro terreno parejil? El mensaje se puede aplicar exactamente igual para todO/As. Cualquier tipo de pareja. Quizás no sea la única clave, pero seguro que ayuda.

¿Pareja? = Dedicación y esfuerzo. No hay otra.

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