Esta frase está recogida de una larga lista de “consejos” o, mejor dicho, de conclusiones vitales que escribió una escritora llamada Regina Bretty que ahora corren como la pólvora por las redes  sociales. Ayer mismo recibí en mi móvil la veintena de frasecillas que, supuestamente, ha escrito esta mujer. Me apodero de una de ellas para argumentar mis palabras: respira profundamente. Eso calma la mente. Ante un momento de confusión extrema, de ofuscación… Haz una parada y respira. A veces intentar arreglar el problema desesperadamente no es la mejor decisión. Seguramente hay que abordarlo desde otra perspectiva y para dar la vuelta a la tortilla hay que empezar respirando. Unos segundos. O unos minutos, si es necesario. ¡O unas horas! Coger la puerta  y lanzarte a caminar sin rumbo fijo. Respirando y dejando que se enfríe el calentón.

Hace poco propuse a una pareja, enfrascada en sus discusiones, la siguiente receta: vais a firmar un papel de mutuo acuerdo en el que diga que cuando estéis en plena tensión de una discusión y perdáis los papeles, uno de los dos se va a ir durante tres horas. Sin contacto alguno con la otra persona. Puede hacer lo que quiera (mejor darse unos paseos que irse de copas, ¡claro!) Y a las tres horas volverá a casa a hablar con tranquilidad y sosiego. Al estar firmado y estar los dos de mutuo acuerdo, el que uno coja la puerta y se vaya en plena discusión no se toma como una afrenta sino como parte de un pacto.

Al principio les pareció impensable que eso se pudiera hacer porque en los momentos de discusión uno se enroca y lo primordial es querer tener razón, es difícil parar la espiral, pero al final les convencí para firmarlo.

La primera discusión gorda que tuvieron la presencié y yo no paraba de repetir al chico: vete. Recuerda lo que has firmado. ¡Vete! Él seguía discutiendo, como si no hubiera firmado nada, en sus trece. Y aunque me costó muchísimo, logré echarle y, efectivamente, estuvo más de tres horas por ahí aireándose y a su vuelta todo era diferente. Le dije a su chica que le recibiera tranquila, y él mismo se sorprendió de la reacción de ella. Da igual quién hubiera encendido la mecha de aquella discusión, el caso es que romper la tensión en el momento adecuado y respirar, como dicen las palabras de Regina Brett, calma la mente y se ven las cosas de diferente manera.

Ahora les funciona estupendamente el pacto y ¡oh maravilla! cada vez discuten menos. ¿Por qué? Porque ahora son capaces de frenar y pararse a reflexionar en plena discusión. Respiras, te bebes un vaso de agua y cambias el chip.

Si surge una tensión durante la relación sexual, no te lances a “echar en cara”, o no lances disculpas sin ton ni son… Sólo para y respira. Malas pulgas, fallos que parecen garrafales (luego no lo son tanto…) requieren un poquito de relax.

Vamos a ejemplos concretos:

El famoso gatillazo. Sucede en el momento más inoportuno. Él: NO deshacerse en excusas. La pareja: NO presionar. La pareja ayudaría mucho si le dijera que no hay problema y que hay que parar unos minutos. Respirar y a por ello de nuevo. Si no hay tensión y hay risas y relax, la cosa seguramente se reanudará sin problema alguno.

Otro ejemplo: no llega el orgasmo y empiezas a ponerte de los nervios. ¿Qué hacer? pues mismo proceso: no desesperar y buscar una solución efectiva, que consiste en frenar un poco el ritmo y respirar hondo unas 6 veces por lo menos. Calmarse y seguir adelante.

¿Y cuándo no te excitas lo suficiente y empiezas a agobiarte? Pues lo mejor es que dejes de intentarlo desesperadamente. No lo conseguirás si sólo piensas en eso. Habla con tu pareja y parad la relación sexual. Respira y retoma en otro momento.

Como estos ejemplos podría poner muchísimos más. La clave está en ser conscientes de nuestra respiración y concentrarnos por un momento en ella. Cuanto más intentamos solucionar un problema y más nos preocupa, más lo estamos estancando. Con la respiración oxigenamos el cerebro y despejamos, y esa parada nos permite tomar cierta distancia de lo que está pasando.

Prueba y verás. Respira.

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