Las noticias sobre la violencia de género inundan nuestros oídos. Cada día más información, más facilidades para denunciar posibles malos tratos, más visibilidad para afrontar el problema pero, por desgracia, cada día nuevas muertes de mujeres. Impotencia ante ese incomprensible acto de arrebato que no tiene solución, pues la muerte es irrevocable. ¿Y cómo abordarlo? ¿Dónde está la solución? Esta mañana he escuchado en la radio a Gabriela Bravo, consejera de justicia de la Generalitat Valenciana, decir que lo que falla es el sistema. Y falla porque, a pesar de los esfuerzos, las medidas no son suficientes. Los recortes en las políticas de igualdad están a la orden del día y, como dice la señora Bravo, el asunto de la violencia de género se debería considerar un problema de estado.

Hay que sensibilizar y educar. Desde los colegios, institutos, centros de formación de todo tipo… Nuestra obligación es educar a los niños que mañana se convertirán en hombres en la igualdad y respeto absoluto hacia la mujer. En respeto mutuo.

El otro día vi una pareja de jóvenes en televisión. En un programa muy conocido. La chica le amenazaba a él, rabiosa perdida, porque buscaba el cariño y la atención de aquel hombre con desesperación. Y el chico la despreciaba abiertamente. No se trata de evidenciar quién lo estaba haciendo mejor o peor, si hombre o la mujer, sino ver desde fuera, en el contexto, a dos personas que están “funcionando” mal como pareja: él ninguneando los sentimientos de ella y ella no sabiendo digerir el rechazo. Esto se puede educar. Esto se tiene que trabajar desde pequeños, en casa, en las aulas… Esos funcionamientos “disfuncionales” de muchísimas parejas, que vemos a diario por la calle, son el fruto de educaciones fallidas. De una sociedad arrebatada y enferma que, cada vez más, tiene una bajísima tolerancia al fracaso. 

En el caso de los niños. Esos niños mimados a los que se les premia constantemente pese a sus malos comportamientos, o los niños no atendidos por sus padres por falta de tiempo, que se les deja frente al televisor o al maldito iPad sin vigilar lo que están viendo. ¿Qué referentes tendrán? A esos niños a los que se les consiente casi todo “por no oírlos” y que cuando no consiguen lo que quieren montan unos pollos monumentales, ¿qué se les está inculcando?

La hiperprotección de los padres-madres, haciéndoles la cama, dándoles de comer sólo lo que les gusta, discutiendo con los profesores cuando les reprenden, tratando de explicarles los por qués de todo con pelos y señales… Sólo lleva a convertirlos en personas dependientes, caprichosas y déspotas. Algo que se reflejará en sus futuras relaciones de  pareja.

Y los padres “parque de atracciones” -que suelen ser padres separados- que se pasan la vida contentando a esos hijos en las horas que les toca hacerse cargo de ellos, deberían pensar qué sucederá cuando los planes divertidos, sorpresa y maravillosos se acaben y esos hijos crezcan y tengan que enfrentarse con la realidad de su día a día, repleto de frustrantes situaciones.

¿Qué pasa con los adolescentes, que se quedan embobados frente al televisor, viendo esos programas en los que sólo se oyen insultos, malos rollos, discusiones entre amigos, infidelidades entre parejas, faltas de respeto constantes…? ¿Creemos que eso no cala en las mentes de nuestros hijos? Todo esto es el caldo de cultivo en el que los niños y jóvenes de nuestra sociedad se están criando.

Y eso es lo que va sumando para convertirlos en potenciales personas frustradas, que no sepan encajar los fracasos, que no sepan disfrutar de sus relaciones de pareja  y que, acostumbrados a ganar siempre, no tengan armas para asumir que no se puede ganar siempre. Personas que se creen por encima de los demás y no saben cómo reaccionar ante sus fracasos. En las parejas tenemos infinidad de ejemplos. Tenemos que educar a nuestros hijos para que sepan enfrentarse a sus relaciones de pareja con igualdad, con respeto, con amor y que sean capaces de superar rupturas y desamores sin violencia.  Habría que educar a los hijos, eliminando la palabra FÁCIL de nuestro vocabulario, inculcándoles que con esfuerzo y amor propio se consiguen las cosas, no a las bravas.

Cuando hablo con los colegios para impartir talleres sobre sexualidad y pareja en los que, precisamente, se abordan todos estos temas, me topo casi siempre con la típica frase de “no hay dinero” y siempre pienso: ¿dinero? ¿Es realmente una cuestión de dinero? No lo puedo creer. Porque el dinero que cuesta un taller de prevención y educación es perfectamente asumible por un colegio. No es dinero. Es un mínimo. Un mínimo que debería ser obligatorio y necesario. EDUCAR. Poner herramientas en manos de esos jovencitos que llenan las aulas y que ya con 4 y 5 años tienen sus roles dentro de sus grupos de amigos y amigas perfectamente definidos.

Tenemos que poner el germen en los pequeños. Estamos ante un problema de estado. Y no se trata sólo de la violencia de género que acaba con la vida de mujeres cada muy pocos días. Sino también, de la crisis brutal de parejas que estamos viviendo. La generación de insatisfechos/as que se marcan huidas vertiginosas en cuanto se topan con alguna dificultad en sus relaciones de pareja. Ese es un grandísimo problema, que acarrea otros tantos. Pero como decía  Moustache en Irma la dulce: “eso es otra historia…” Que abordaré en un próximo post, en el que hable exlusivamente de parejas, porque tiene su miga.

Qué importante tarea la desensibilizar y educar a los niños y jóvenes, y a prepararlos bien para enfrentarse con la vida.

2 thoughts on “Violencia de género: un problema de estado

  1. Me parece un enfoque magnífico de un problema que es muy complejo: educación, educación, educación. Y, como muy bien dices, hay que tener en cuenta que hoy en día no solo educa la escuela. Niños y jóvenez absorben información por mil sitios. Y la televisión basura hace que se reproduzcan todas estas taras… ¡Chapeau!

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